GRACIAS LEO
MESSI, EL CAPITÁN, EL 10: ÚLTIMO PARTIDO Y EL FINAL DE UNA HISTORIA INOLVIDABLE
07 de octubre de 2026 08:01
Hay partidos que se juegan durante 90 minutos. Y hay otros que empiezan mucho antes y terminan mucho después. El de este martes en el Monumental fue de esos. Argentina le ganó 3-0 a Benín, Messi marcó, asistió y volvió a hacer lo que tantas veces hizo con esa camiseta. Pero esta vez había algo diferente. Esta vez, el reloj también corría para despedirlo.
Porque Lionel Messi jugó su último partido con la Selección argentina.
El resultado quedará escrito en las estadísticas. Otamendi abrió el partido a los 47 minutos, Nico Paz amplió la diferencia a los 61 y Messi convirtió de penal a los 70 para llegar a los 126 goles con la camiseta argentina. Pero contar solamente eso sería contar apenas una parte de lo que pasó en el Monumental.
La otra parte fue emocional.
El estadio estuvo lleno para despedir al capitán. A los diez minutos hubo un homenaje especial por el histórico número que Messi llevó durante tantos años. Hubo aplausos, fuegos artificiales y un reconocimiento de los jugadores de Benín. No era simplemente una celebración. Era la certeza de que una etapa estaba llegando a su final.
Messi había tenido varias oportunidades durante el primer tiempo. Buscó su gol, participó del juego y siguió siendo Messi. Como si todavía quedaran muchos partidos por jugar. Como si la camiseta número 10 todavía tuviera por delante otra noche, otro Mundial, otro gol, otra asistencia.
Pero no.
A los 47 minutos llegó el primero. Messi ejecutó un córner y Nicolás Otamendi apareció para poner el 1-0. Después, a los 61, llegó otra de esas sociedades que tantas veces disfrutó la Selección: asistencia de Messi y definición de Nico Paz para el 2-0.
Y faltaba él.
A los 70 minutos, el árbitro marcó penal. Messi tomó la pelota. El Monumental sabía lo que podía pasar. El capitán acomodó el balón y convirtió el tercero.
Gol de Messi.
El número 126.
Quizás uno de los goles más extraños de su carrera. Porque seguramente fueron muchas las veces en las que gritó uno de esos goles con la sensación de que todavía quedaba mucho por delante. Esta vez fue distinto. Esta vez, después de festejar, había que mirar alrededor y entender que esa escena no iba a repetirse con la misma camiseta.
Hubo tiempo para un remate al palo, para otra oportunidad y hasta para un tiro libre que no terminó en gol. Hubo tiempo, incluso, para seguir esperando algo más del 10.
Porque eso hicimos durante años.
Esperar algo más de Messi.
Esperar la gambeta. El pase imposible. El tiro libre. El gol. La asistencia. El milagro. Durante mucho tiempo, cada partido de Argentina tuvo una pregunta que parecía inevitable: ¿qué hará Messi esta vez?
Y Messi respondió durante más de 20 años.
Respondió en los momentos buenos y también en los malos. Cuando llegaron las derrotas, cuando las finales se escaparon, cuando las críticas fueron insoportables. Y respondió cuando finalmente llegó la gloria.
La Copa América. La Finalissima. El Mundial.
Seis títulos. 208 partidos.
Números enormes para intentar explicar una historia que, en realidad, nunca entró del todo en las estadísticas.
Porque Messi no fue solamente el futbolista que convirtió 126 goles con Argentina. Fue el chico que llegó desde Rosario y terminó convirtiéndose en el capitán de una Selección que levantó los trofeos que durante generaciones parecían imposibles.
Fue el 10.
Fue Leo.
Fue el capitán.
Fue también el jugador al que durante años le pedimos que hiciera algo más. Y que, cuando finalmente lo hizo, nos permitió entender cuánto tiempo habíamos tenido delante de los ojos algo extraordinario.
El final llegó después del partido.
El árbitro Véjar le entregó la pelota a Messi y los jugadores se acercaron para despedirlo. En el cielo del Monumental, los drones dibujaron las tres estrellas, el número 10, el apellido Messi, una imagen de la Copa del Mundo, el Obelisco, un corazón y una frase que resumió todo lo que había pasado: “Gracias Leo”.
Soledad Pastorutti cantó “Brindis”.
Y entonces habló él.
Messi recordó a su padre, recientemente fallecido, y habló de esos más de 20 años con la Selección. Dijo que estaba orgulloso y feliz, que nunca dejó de luchar y que irse de la Selección le resultaba doloroso. También volvió a decir algo que atravesó toda su carrera: que jugar para Argentina es lo más grande que existe.
Quizás por eso la despedida dolió.
Porque no se despidió solamente un futbolista. Se despidió una parte de nuestra vida futbolera.
Se termina el tiempo de mirar el fixture y buscar inmediatamente cuándo juega Argentina para saber si Messi estará ahí. Se termina esa espera por verlo entrar a la cancha con la camiseta celeste y blanca. Se termina la ilusión de que en cualquier momento pueda aparecer una jugada suya para cambiarlo todo.
Quedarán los goles.
Quedarán las asistencias.
Quedarán los títulos.
Quedará aquella Copa del Mundo.
Pero, sobre todo, quedará la memoria de haberlo visto.
De haberlo esperado.
De haber sufrido con él.
De haber festejado con él.
De haber aprendido que algunas historias no se entienden mientras suceden, porque recién cuando llegan al final podemos dimensionar lo que significaron.
Argentina ganó 3-0.
Messi marcó el último.
Y el fútbol, por una noche, pareció detenerse para despedir al hombre que durante tantos años nos hizo creer que siempre podía pasar algo más.
Ahora sí.
El último partido terminó.
El último gol ya quedó en la historia.
Y nosotros, los que tuvimos la suerte de verlo con la camiseta argentina, solamente podemos decir una cosa.
Gracias, Leo.
Porque Lionel Messi jugó su último partido con la Selección argentina.
El resultado quedará escrito en las estadísticas. Otamendi abrió el partido a los 47 minutos, Nico Paz amplió la diferencia a los 61 y Messi convirtió de penal a los 70 para llegar a los 126 goles con la camiseta argentina. Pero contar solamente eso sería contar apenas una parte de lo que pasó en el Monumental.
La otra parte fue emocional.
El estadio estuvo lleno para despedir al capitán. A los diez minutos hubo un homenaje especial por el histórico número que Messi llevó durante tantos años. Hubo aplausos, fuegos artificiales y un reconocimiento de los jugadores de Benín. No era simplemente una celebración. Era la certeza de que una etapa estaba llegando a su final.
Messi había tenido varias oportunidades durante el primer tiempo. Buscó su gol, participó del juego y siguió siendo Messi. Como si todavía quedaran muchos partidos por jugar. Como si la camiseta número 10 todavía tuviera por delante otra noche, otro Mundial, otro gol, otra asistencia.
Pero no.
A los 47 minutos llegó el primero. Messi ejecutó un córner y Nicolás Otamendi apareció para poner el 1-0. Después, a los 61, llegó otra de esas sociedades que tantas veces disfrutó la Selección: asistencia de Messi y definición de Nico Paz para el 2-0.
Y faltaba él.
A los 70 minutos, el árbitro marcó penal. Messi tomó la pelota. El Monumental sabía lo que podía pasar. El capitán acomodó el balón y convirtió el tercero.
Gol de Messi.
El número 126.
Quizás uno de los goles más extraños de su carrera. Porque seguramente fueron muchas las veces en las que gritó uno de esos goles con la sensación de que todavía quedaba mucho por delante. Esta vez fue distinto. Esta vez, después de festejar, había que mirar alrededor y entender que esa escena no iba a repetirse con la misma camiseta.
Hubo tiempo para un remate al palo, para otra oportunidad y hasta para un tiro libre que no terminó en gol. Hubo tiempo, incluso, para seguir esperando algo más del 10.
Porque eso hicimos durante años.
Esperar algo más de Messi.
Esperar la gambeta. El pase imposible. El tiro libre. El gol. La asistencia. El milagro. Durante mucho tiempo, cada partido de Argentina tuvo una pregunta que parecía inevitable: ¿qué hará Messi esta vez?
Y Messi respondió durante más de 20 años.
Respondió en los momentos buenos y también en los malos. Cuando llegaron las derrotas, cuando las finales se escaparon, cuando las críticas fueron insoportables. Y respondió cuando finalmente llegó la gloria.
La Copa América. La Finalissima. El Mundial.
Seis títulos. 208 partidos.
Números enormes para intentar explicar una historia que, en realidad, nunca entró del todo en las estadísticas.
Porque Messi no fue solamente el futbolista que convirtió 126 goles con Argentina. Fue el chico que llegó desde Rosario y terminó convirtiéndose en el capitán de una Selección que levantó los trofeos que durante generaciones parecían imposibles.
Fue el 10.
Fue Leo.
Fue el capitán.
Fue también el jugador al que durante años le pedimos que hiciera algo más. Y que, cuando finalmente lo hizo, nos permitió entender cuánto tiempo habíamos tenido delante de los ojos algo extraordinario.
El final llegó después del partido.
El árbitro Véjar le entregó la pelota a Messi y los jugadores se acercaron para despedirlo. En el cielo del Monumental, los drones dibujaron las tres estrellas, el número 10, el apellido Messi, una imagen de la Copa del Mundo, el Obelisco, un corazón y una frase que resumió todo lo que había pasado: “Gracias Leo”.
Soledad Pastorutti cantó “Brindis”.
Y entonces habló él.
Messi recordó a su padre, recientemente fallecido, y habló de esos más de 20 años con la Selección. Dijo que estaba orgulloso y feliz, que nunca dejó de luchar y que irse de la Selección le resultaba doloroso. También volvió a decir algo que atravesó toda su carrera: que jugar para Argentina es lo más grande que existe.
Quizás por eso la despedida dolió.
Porque no se despidió solamente un futbolista. Se despidió una parte de nuestra vida futbolera.
Se termina el tiempo de mirar el fixture y buscar inmediatamente cuándo juega Argentina para saber si Messi estará ahí. Se termina esa espera por verlo entrar a la cancha con la camiseta celeste y blanca. Se termina la ilusión de que en cualquier momento pueda aparecer una jugada suya para cambiarlo todo.
Quedarán los goles.
Quedarán las asistencias.
Quedarán los títulos.
Quedará aquella Copa del Mundo.
Pero, sobre todo, quedará la memoria de haberlo visto.
De haberlo esperado.
De haber sufrido con él.
De haber festejado con él.
De haber aprendido que algunas historias no se entienden mientras suceden, porque recién cuando llegan al final podemos dimensionar lo que significaron.
Argentina ganó 3-0.
Messi marcó el último.
Y el fútbol, por una noche, pareció detenerse para despedir al hombre que durante tantos años nos hizo creer que siempre podía pasar algo más.
Ahora sí.
El último partido terminó.
El último gol ya quedó en la historia.
Y nosotros, los que tuvimos la suerte de verlo con la camiseta argentina, solamente podemos decir una cosa.
Gracias, Leo.
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